La palabra


“No había bebido, te lo juro por mis hijos…”, dijo todo digno Ortega Cano solo unos días después de tener un accidente de coche en el que murió un hombre. Y solo unos días antes de que el informe policial definitivo confirmase que había bebido (1,26 gramos cuando el límite es de 0,5) e invadido el carril contrario a 123 kilómetros por hora (cuando el límite de velocidad estaba en 90). La palabra vive una profunda crisis, es un valor inútil y anticuado, no tiene ningún futuro. Lejos de abandonar la civilización y recluirse de por vida en una cueva de las montañas afganas, Ortega Cano regresará en breve a revistas y televisiones, de las que recibirá miles de jugosos euros por unas intervenciones que carecen de sentido, de interés y por supuesto de credibilidad. Lo importante no es la verdad. Ni siquiera que te crean o no. Lo importante es hablar: el relleno de páginas y programas huecos.
Ahí tienen a Rubalcaba, quien, tras aparcar hasta la próxima foto promocional el utilitario de atrezo, niega al maestro y asegura sin despeinarse: “Yo no lo hubiese hecho así (la reforma constitucional)”. Toreros, famosetes y politicuchos, tres de las sub especies humanas menos evolucionadas, han hecho de la hipocresía una forma de vida. Mienten como bellacos ante la indiferencia de una sociedad anestesiada. Y nos consideran estúpidos sin capacidad de análisis a los que es sencillo engañar: “votaré a favor del cambio en la Constitución por lealtad”, dicen algunos diputados socialistas sin perder la compostura. Nadie parece sorprenderse. El lenguaje actual no está diseñado para perdurar. Los contenidos son superficiales. Importa más el volumen que el mensaje: “Gritar en el Pleno no es delito”, advierte El Mundo. La palabra tiene el valor de un excremento de rata de alcantarilla con disentería. Recibimos cada día una cantidad excesiva de declaraciones, de supuestas ideas, de aparentes reflexiones. Demasiado material de desecho para unos discos duros saturados de información. La reforma verdaderamente urgente no es la de la Constitución, sino la de la clase política y los medios de comunicación. De seguir así, estamos acabados: no nos quedará ni la palabra.
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