Josep Ramoneda. La importancia del proyecto político.

Hoy el dominical de El País, en la columna de Josep Ramoneda, publica un articulo que se titula "La importancia del proyecto politico". Me quedo con algunos fragmentos del citado articulo: "Los proyectos políticos han decaído o se han camuflado en la sumisión de la política a los designios de la ortodoxia económica". "La ciudadanía quiere sentirse partícipe de proyectos que ilusionen y no solo carne de cañón de la impotencia de la política frente al dinero". "Nadie osa explicar abiertamente su idea del futuro de España o de la sociedad que debe salir de la crisis. Derecha e izquierda se escudan en el día a día, para evitar el verdadero debate político". "En España, la Transición fue un proyecto político compartido, condicionado por los miedos del momento, que, como vemos ahora, dejó cuestiones básicas sin resolver". Excelente articulo con el que estoy completamente de acuerdo.
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Rescate español, rescates autonómicos, descontrol económico, Gobierno desbordado por la realidad, según su propio presidente, potenciales mayorías soberanistas en el País Vasco y en Cataluña. Sobre una textura de crisis se está construyendo un gran embrollo político. ¿Cómo se explica en este contexto la expansión del independentismo en Cataluña? El éxito del independentismo es que es un proyecto político en un momento en que estos van escasos. El independentismo ofrece algo que hoy nadie da: la construcción de un futuro distinto. Mientras la austeridad encierra a la ciudadanía en una habitación sin vistas, hundiendo cada vez más sus recursos y sus esperanzas, la independencia ofrece la expectativa de una ilusión política. Mientras los Gobiernos se empeñan en despolitizar la salida de la crisis con una respuesta tecnocrática (y hasta ahora perfectamente inútil) basada en que “no hay alternativa” y en que “es lo que hay que hacer”, la independencia tiene el atractivo de un proyecto en positivo y desvergonzado. ¿Cómo se puede hacer compatible el rescate de Cataluña y el discurso independentista? 

El rescate —pedido por la Generalitat— supondrá, sin ninguna duda, una restricción de la autonomía, un control estricto de la política económica catalana por parte del Gobierno central. Nadie da sin algo a cambio. Y nunca el que da reconoce que está en deuda. Al revés, convierte en deudor al que recibe, es decir, le somete. La afirmación del Gobierno catalán de que no aceptará condiciones políticas es un brindis al sol. Como lo fueron las afirmaciones de Rajoy de que España tendría un rescate europeo sin condiciones. Las condiciones llegaron incluso antes que el rescate. ¿Por qué el Gobierno catalán puede hacer compatible este fracaso con la bandera del soberanismo y no dejar jirones de su piel en el empeño? ¿Por qué no se le recuerda que la austeridad —de la que él se ha presentado como campeón— no ha hecho más que aumentar la deuda y el malestar? Sencillamente, porque en el camino hay algo que suena a proyecto político. CiU ha sido siempre maestra en el juego de convertir sus fracasos en oportunidades patrióticas. 

Pero en las circunstancias actuales ya no bastaría. La contradicción rescate-soberanismo es superable porque en Cataluña la independencia es la única propuesta política al alza y porque los que están por ella ven en Artur Mas la pieza clave del proceso. O él da el paso o no lo da nadie. No será fácil para el presidente encontrar la salida a una situación en la que hay poco espacio para el término medio: entre la gloria y el ridículo, la distancia es muy escasa. El proyecto de la independencia está ahí, pero faltan el plan y el trabajo previo, con lo cual el riesgo de descarrilar es muy alto. En España, la Transición fue un proyecto político compartido, condicionado por los miedos del momento, que, como vemos ahora, dejó cuestiones básicas sin resolver. Pero, como escribe Edmund de Waal, “no hay ningún legado que sea una historia sencilla”. También lo fue Europa, la incorporación a la Unión y a su modelo social. Y lo fue incluso el proyecto aznarista, que, al estilo del modelo Bush, combinaba la liberalización económica con posiciones muy reaccionarias en lo cultural y lo social. Con él, la derecha reconquistó la hegemonía ideológica en España.

 El efímero momento zapaterista de la España plural y de los derechos civiles fue el último esbozo de proyecto político: se deshizo como un azucarillo. En Cataluña, desde la confrontación Pujol-Maragall de los ochenta no ha habido un verdadero debate de modelos políticos. Los proyectos políticos han decaído o se han camuflado en la sumisión de la política a los designios de la ortodoxia económica. De modo que se sospecha de una voluntad restauradora del Estado de las autonomías por parte del Gobierno del PP, sin que nunca su líder se haya atrevido a plantearlo como una propuesta con todas las de la ley, y hay indicios para ver en las políticas anticrisis una voluntad de desmantelamiento del Estado de bienestar, sin que las derechas hayan tenido el coraje de convertirlo en un proyecto sin complejos. 

Nadie osa explicar abiertamente su idea del futuro de España o de la sociedad que debe salir de la crisis. Derecha e izquierda se escudan en el día a día, para evitar el verdadero debate político. Solo el independentismo ha roto este pacto implícito. Y en Cataluña está de moda. La ciudadanía quiere sentirse partícipe de proyectos que ilusionen y no solo carne de ca ñón de la impotencia de la política frente al dinero.

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