Vivo en un país......



De vez en cuando me gusta releer el pedazo de articulo que escribió el escritor, blogger y experiodista de El País, Ramón Lobo, titulado “Vivo en un país que no conoce la voz de Marilyn Monroe” que se publicó en el  magazine cultural en la red, Jot Down. El artículo detallaba la pobreza cultural, política y ciudadana de este país. Aquí os dejo el enlace.


Vivo en un país con un himno feo; una marcha real de los tiempos oscuros que, a falta de letra, se canta tachín tachán en los estadios de fútbol. Con un himno así es imposible rodar Casablanca, fichar a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman y vivir el emotivo duelo musical en el bar de Rick en el que vence La Marsellesa; la libertad frente la barbarie. 

 Vivo en un país que lleva siglos discutiendo sobre las mismas cosas y en el que siempre pierden los mejores, los García Lorca, los imprescindibles, los Nadies de Eduardo Galeano.

 Vivo en un país castigado por la crisis, por los Zapajoy o los Rajateros de turno; a medio pintar, o a medio borrar. 

Vivo en un país sin símbolos de pertenencia, sin instituciones eficaces, salpicado de muros mentales y prejuicios, de miedos al Otro, y con una bandera ni fu ni fa rescatada en el Mundial de Sudáfrica por los Xavi, Iniesta y Casillas, y por decenas de miles de jóvenes que tomaron las calles. Un país-Titánic del que todos tratan de escapar encaramados en votos salvavidas: catalanes, vascos, españolistas. Se multiplican los dirigentes que calculan el rédito de cada abismo. 

 Vivo en un país con seis millones de parados, de tragedias familiares reducidas a una estadística, varado en una crisis ética en la que los corruptos ocupan cargos públicos, conservan el prestigio social, se presentan a elecciones y dan lecciones en unos medios de comunicación que pierden fuelle, periodistas y crítica, porque criticar resulta caro: exige pensar, decidir, correr riesgos. 

 Vivo en un país en el que llamamos millonarios a los que se lucraron en la rapiña y en la impunidad, a los que tenían “amiguitos del alma”, a los que prosperaron sin inventar, producir y sudar.

 Vivo en un país en el que los grandes empresarios son una rareza, una casualidad. Personas capaces de apostar y perder; apostar y ganar, de crear riqueza para todos, no solo para ellos. Faltan visionarios, locos; necesitamos miles de plazas de garaje que alumbren nuevos Steve Jobs y Bill Gates.

 Vivo en un país de liberales, de privatizadores con la mano larga y la inteligencia corta. No es país para heterodoxos, librepensadores y emprendedores. Ser joven en esta España muerma, descolorida, casi en blanco y negro, es más que una desgracia, es un robo. Son la generación estafada. 

 Vivo en un país en el que los bancos irresponsables que financiaron burbujas y especulaciones, que se forraron en las vacas gordas y se forran en las flacas, asfixian con condiciones inmorales, que deberían ser ilegales, a los timados, a sus víctimas, a los que cayeron del tren de alta velocidad. 

 Vivo en un país en el que la mentira política, el engaño, la mofa del ciudadano, no cuesta votos ni elecciones. Aquí, como en la Italia de Berlusconi, hace gracia. Todos quieren ser el más listo, colarse en el mercado, adelantar por la derecha, aparcar en doble fila, mear en las esquinas, hablar a gritos por el teléfono, ganar una pasta. 

 Vivo en país que no conoce la voz de Marilyn Monroe, que dobla las películas, las mancilla y amputa. Vivo en un país que no habla inglés, que aún lo está estudiando, que produce líderes anclados en My Tailor is Rich y en Cine de Barrio. Deberían prohibir esos doblajes herencia del franquismo que nos reducen. Deberían prohibir los medio actores a precio de uno entero, solo gestos y la voz suplantada. Y los coches oficiales con cristales tintados para no ver la realidad, no olerla.

 Vivo en país donde los desahucios son la imagen de la España egoísta, injusta, cruel, la de un sistema que no funciona porque es incapaz de proteger al débil, garantizar la igualdad ante la ley. Cada suicidio es un mazazo en la honestidad colectiva. Hay medios, más los televisivos, que convierten cada desgracia en carnaza de infoentertainment para subir la audiencia. No hay límites, todo vale. La inmoralidad no es solo un virus que afecta a políticos y banqueros, nos afecta a todos. A los silenciosos.

 Vivo en un país acrítico e inmaduro, que confunde un programa basura con un informativo de la BBC. 

 Vivo en país en el que los dos grandes partidos —¿grandes en qué?— publicitan su búsqueda de un pacto que llevan años evitando; se dejan fotografiar en la esforzada tarea de ser útiles cuando ambos son culpables, corresponsables de que la dación no sea ley, de que no existan medidas paliativas para los casos más graves.

 Muchos se lanzaron a una irrefrenable compra de casas impulsados por la codicia ambiental, por unos bancos que regalaban el dinero y escondían la letra pequeña. Nos creímos ricos cuando solo estábamos endeudados. España se transformó en pocos años en un país sin pasado, sin pobreza, sin Los santos inocentes; un país nacido de la nada, una ilusión formada por gentes que se daban importancia en el caminar, al viajar transmutados en turistas altivos. 

 Todo empezó en los ochenta con la beautiful people y los Carlos Solchaga. Nadie es virgen, ninguna sigla está limpia. Ni los dirigentes ni los dirigidos, los que callamos cuando todo iba bien; los que seguimos callando cuando todo va mal. 

 Vivo en un país chato, poca cosa, en el que la clase política se ha reducido a una casta encerrada en un castillo, enrocada a espaldas de los ciudadanos, a su costa. Un clan que protege sus privilegios, los pluses por vivienda y sus vuelos en business ante cualquier petición de transparencia. Que escoge los miembros de los Supremos y los Constitucionales para blindar sus derechos. Todo es un juego de poder y dinero.

 Vivo en un país en el que los medios de comunicación han abdicado de su papel de fiscales, de vigilantes. Hay excepciones, claro. Lo ocurrido con el marbellí Carlos Dívar debería ser una constante. Nadie está por encima de la ley, ni siquiera la ley. 

 La regeneración democrática empieza con la regeneración de la información.

 La transición olvidó la justicia; sin ella es imposible la reconciliación. No se puede construir un futuro común sobre el olvido de más de 100.000 desaparecidos que permanecen en fosas comunes y en cunetas por no molestar a los verdugos, o a sus hijos y nietos. Este país carece de un relato común. Nadie nos lo impuso, como a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Aquí aún se discute si hubo dictadura, asesinatos, matanzas, exilio.

 Pero en este país tenso, donde bulle tanta historia inacabada, tanta manipulación y tanta estupidez supina, está repleto de personas sanas que se empeñan en pelear cada día contra la España ruin, avara, cruel. En esta España de mercados, primas de riesgo, pelotazos, pérdida de derechos, ERE y recortes, de necios de cuello blanco, queda espacio para la utopía. Ese es el verdadero sueño: el triunfo de la España de los Quijotes.

 (Si este texto fuese música, sonaría a España camisa blanca. Entre esos versos está mi verdadero país: bares, parques, calles que pisaré nuevamente, voces y miradas).

No hay comentarios:

Publicar un comentario